Una década de Mercedes-Benz Fashion Week Madrid

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Reviso el programa oficial de desfiles de la pasarela Cibeles del año 2013 y lo cotejo con el programa de la 22ª edición de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid (Mbfw) en septiembre de 2023. El resultado me sorprende puesto que tan solo encuentro tres coincidencias: la de las marcas Hannibal Laguna, Teresa Helbig y Agatha Ruiz de la Prada. Ese dato no contradice el hecho de que muchos de los 40 diseñadores que desfilaron en el año 2013, sigan estando presentes en el sector, trabajando duro para sus clientes.

 

Pero al menos me hace pensar que ser diseñador no es un oficio sencillo, como tampoco lo es ser empresario de moda. Permanecer en el mercado durante 10, 20, 30 o 40 años es solo un privilegio de los que han sido capaces de convertir su marca en un proyecto personal, que les acompañe durante toda la vida. Si la media de vida laboral en Europa es de entre 35 y 42 años, el ser capaz de mantener el auto compromiso con la aventura que uno vio en sus años de juventud es una apuesta audaz.

 

Por eso, cuando esta semana he acudido a los desfiles de Pedro del Hierro, Pilar Dalbat, Jorge Vázquez, Simorra, Claro Couture, Fely Campo, Ulises Mérida, Odette o Lola Casademunt, además de las citadas al principio de este texto, todo me ha llevado a concluir que para perdurar en el tiempo las marcas no solo deben tener un vínculo estable con la industria textil, sino que además deben estar bajo la dirección de un líder que abandere la empresa con brazo firme.  

 

 

 

 

Al frente de las citadas marcas hay diseñadores de talento, con el deseo de hacer una moda diferente a la del resto y que, al mismo tiempo, tenga un componente comercial, que haga posible que perdure en el tiempo. No comparto la opinión de los que de forma cínica atacan a la moda de autor, al considerarla una quimera inalcanzable, alejada de la gente corriente, incapaz de conectar con las necesidades de la vida real. Pienso más bien que es imprescindible proteger la llama incipiente de los nuevos diseñadores y mantener un apoyo constante a la creatividad del sector, para demostrar con gestos visibles el apoyo institucional de la moda. Ellos y ellas realizan un esfuerzo importante por salir adelante en la maraña de impresos, legislaciones e impuestos que cualquier autónomo en este país debe atravesar. Eso es lo que, a mi juicio, ha sabido hacer la Mbfw (antes Cibeles) durante sus diez años de vida.

 

Al mismo tiempo estoy de acuerdo con Pedro Mansilla, cuando en la rueda de prensa de presentación de la Mbfw, se cuestionaba sobre los criterios utilizados por el comité a la hora de elegir la agenda oficial. Según Mansilla, algunos diseñadores han tardado bastantes años en tener acceso a un circuito cerrado en el que se les impedía desfilar. Él no lo dijo, pero quise adivinar que posiblemente se les vetaba por ser considerados demasiado comerciales, ya que entiendo que no podían ser acusados de falta de clientela. En el fondo es el debate de siempre: ¿debemos hacer una moda que venda o una moda que cree sueños y alimenta la gran voracidad de novedades de las sociedades modernas?

 

Otro asunto que ha llamado la atención de todos es que en las últimas dos convocatorias de la Mbfw (febrero y septiembre de 2023), se han empezado a vender entradas al público. Algo inaudito que ha creado una extraña sensación entre los asistentes habituales, que oscila entre la traición a la idea original de las pasarelas iniciales de hace algo más de un siglo, y la duda de hacia dónde evolucionará este formato comunicativo. ¿Es bueno o malo poner precio algo que debería permanecer como un espacio exclusivo de periodistas, invitados de las marcas de moda, personalidades y famosos, y los nuevos prescriptores que son los influencers?

 

 

 

 

Sin duda infinidad de personas corrientes desean por encima de todo poder disfrutar no solo de un desfile, sino de la sensación de exclusividad que proporciona acceder a un espacio donde poder ver a las modelos ataviadas con las creaciones de los diseñadores y al mismo tiempo poder decir “he visto a Carmen Lomana, a Victoria Federica, a Tamara Falcó, a Mónica Cruz…”. Algunos de ellos llegan incluso a pagar cerca de mil euros por un acceso especial que incluye todos estos elementos.   

 

Es cierto que, a una determinada edad, diez años se pasan volando y están tan cerca en el tiempo que es posible realizar un análisis, casi visual, de la evolución de las propuestas de cada marca en los desfiles. Por eso afirmo que la moda internacional no se ha hecho más realista que en el pasado, y las colecciones siguen sin dejarse llevar por personas de carne y hueso, que trabajan, llevan a los niños al colegio, celebran fiestas familiares, van de boda y tienen poco tiempo para pensar en la moda, a pesar de que la admiren y deseen. La pasarela sigue siendo un mundo lejano e inalcanzable para la mayor parte de la población, que la mira como un mundo extraño, de gente sofisticada, que solo logran ver en las revistas digitales y la televisión.

 

 

 

 

España sigue siendo un lugar de celebración y tiene todo el sentido que muchas de las propuestas que desfilan, por no decir la mayoría, se concentren en marcas que muestran en pasarela lo que venderán en tienda adaptado al bolsillo medio que oscila entre los 200 y los 400 euros por vestido. Unos precios muy asequibles para el turista que nos visita y que encuentra nuestra oferta comercial absolutamente atractiva: de gran calidad y a buen precio.

 

Al fin y al cabo, no hay que perder de vista que la moda es una realidad poliédrica con muchas caras: todos los que trabajamos en ella compartimos un fuerte sentido de pertenencia. Independientemente de nuestro ámbito concreto que puede ser la gestión de empresas, en el departamento de diseño, la comunicación y la organización de eventos, la logística, el punto de venta, el trato con proveedores o la enseñanza universitaria, todos decimos con orgullo “trabajo en moda”.

 

Por eso cuando cada temporada paso cuatro días dentro de una macronave nave de Ifema transformada en un microespacio donde se juntan cuarenta diseñadores, grandes corporaciones como Mercedes Benz, Inditex o L’Oréal y otras marcas colaboradoras que buscan beneficiarse igualmente del aura de la moda de autor, junto con periodistas, fotógrafos y cámaras, todos volvemos a exclamar: ¡larga vida a la moda!

 

 

Fotografía: Jing Zhou

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