Italia no está de moda, Italia es la moda – Panenka

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En Italia, nadie se preocupa lo más mínimo por vestir a la moda. Al contrario. La moda se preocupa por descubrir cómo visten los italianos cada mañana, cuando salen a la calle de un edificio sin ascensor. La moda se fija por igual en los peatones de Via Montenapoleone en Milán o en los de Piazza del Plebiscito en Nápoles y no quita ojo a las tendencias de Formentera y Mykonos, territorios de ultramar que la República italiana no reconoce como propios porque resultaría redundante. Del salvaje Othar, caballo de Atila, se decía que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba. De los italianos puede decirse que por donde pasan queda la estela de lo que se llevará mañana en el resto del mundo. Las plazas son un anuncio de Campari. Los puentes, un set fotográfico de Gucci. Cada acera, una pasarela. No hay gafas de sol demasiado grandes, sino rostros —no italianos, se entiende— incapaces de llenarlas. Quizá por eso Italia nunca está, técnicamente, de moda. Porque nunca pasa de moda. La elegancia nace y no se hace. Que haya un finalista itálico en cada competición europea de clubes es gasolina para el fuego narrativo, pero aquí nadie ha movido un músculo. Que luego salen arrugas.

Inter, Roma, Fiorentina. Estambul, Budapest, Praga. Piénsalo. Una expedición transalpina a tres bandas para la que no estamos preparados, que dirían en Twitter. Como casi siempre, la culpa del estupor es nuestra. UEFA rescatará la Intertoto o la Recopa (Coppa delle Coppe) y ahí estarán Perugia y Parma en la pelea. De hecho, la Serie A ya envió un corresponsal a cada final en 1989, 1990, 1993 y 1994. Cuando Italia se pone, se pone. Cuando Italia se quita, se quita. Incoherencia arriba, incoherencia abajo, hablamos de un país como tantos otros. La diferencia es que las contradicciones, aquí, son inmensamente más bellas. Italia te gana Eurovisión y Eurocopa en 50 días y se toma 12 años de asuntos propios en la historia de los Mundiales. En cuanto la ‘Azzurra‘ regrese, y con esto no garantizo que suceda en 2026, alzará la Copa. En suelo italiano se organizan más fashion weeks que mercadillos solidarios, así que del 31 de mayo al 10 de junio se aceptará con naturalidad la etiqueta de equipo, liga y país de moda. El no favoritismo se recibirá con los brazos abiertos, gesticulando al son de algún rito apotropaico. En un lugar acostumbrado a lo extraordinario, la normalidad es una estrategia.

 

Italia nunca está, técnicamente, de moda. Porque nunca pasa de moda. La elegancia nace y no se hace. Que haya un finalista itálico en cada competición europea de clubes es gasolina para el fuego narrativo, pero aquí nadie ha movido un músculo

 

El Inter se ha plantado en la final a la italiana: de menos a más. También de una forma poco interista, todo hay que decirlo: con relativa tranquilidad. Empezó el trayecto cómodamente tapado en un grupo con Bayern y Barça, conquistó el histérico Camp Nou a lomos de Barella y Lautaro y cerró la puerta con llave, como demuestran las ocho porterías a cero de Onana en esta Champions. Cargarse al Milan en el Derby —aquí nadie lo llama della Madonnina, no hace falta— supuso exorcizar dos décadas en 180 minutos. La liberación se completó en el ensayo doméstico de la Coppa Italia, donde los de Inzaghi se impusieron a la Fiorentina por 2-1 en un duelo con sabor a simulacro para ambos equipos antes de las finales continentales.

Los ‘Nerazzurri‘ son un verso libre en el Calcio. Club multicultural desde su fundación y caótico en las buenas y en las malas. Enric González, célebre simpatizante del Biscione, escribió en 2005 que no se conoce asociación humana más desafortunada. “Se podría poner en la directiva a cualquier gobierno argentino del siglo XX, al capitán del Titanic como entrenador y a Mahatma Gandhi como delantero centro y los resultados no serían peores”. La pazza Inter es un misterio bien vestido. Sin publicidad, estos días. Conte e Inzaghi han sabido trasladar la locura del césped a una grada en perenne delirio. Con la pasión de siempre, canalizada hoy para jugar con viento a favor. El club espera recibir 100.000 peticiones, pero solo 20.000 fedelissimi estarán en Estambul con mucho que ganar y poco que perder. El doblete Supercopa-Copa hace que la pelota, metafórica y quizá literalmente, esté en el tejado del City.

EL TATUADOR DE MOU

La Magica Roma es otra institución de emociones fuertes. Tras clasificarse para la segunda final continental consecutiva, los servidores de la web del club se vieron desbordados por 50.000 solicitudes de entradas y, según explica La Gazzetta, hasta 120.000 personas formaron la cola virtual. Y todos sabemos cómo (no) funcionan las filas en Italia. Unos 15.500 ‘giallorossi‘ acompañarán a los de Mourinho en el hermoso Puskás Arena. Me encargaré de contar cuántas camisetas con la inscripción SPQR salen en la tele. El último obstáculo, el monstruo final de la competición, será un Sevilla que tampoco está de moda porque nunca deja de estar vigente en su Europa League. No lo reconocerá, pero Mou ya ha reservado cita con su tatuador de confianza. Al técnico portugués siempre hay que leerle entre líneas. Sus palabras después de eliminar al Bayer Leverkusen del pupilo Xabi Alonso reflejan el approach cauto romanista. “Hemos cuidado los detalles”, afirmó. “No se puede pedir más”, insistió. “No quiero entrar en la historia del club, solo ayudar a crecer a estos chicos”. Chicos como Dybala, Matić, Rui Patrício, Wijnaldum o Smalling. Lupa con piel de cordero.

La Fiorentina, un icono noventero con enormes ganas de crear nuevos recuerdos, vuelve a una final internacional 33 años después. Lo hará vestida de Kappa, lo que en términos estéticos equivale a marcar el famoso 1-0. Perdonad que insista, pero el morado no está de moda. La indumentaria viola es eterna. Aún así, Pantone sugiere el sparkling grape o uva espumosa como tonalidad emergente en la campaña otoño-invierno 2023-24. Los tifosi que en Basilea cantaban tutti a Praga alè lo tomarán como una inequívoca señal del destino. Otro guiño determinista es que haya sido un Italiano, de nombre Vincenzo, quien conduzca a la Fiorentina a las finales de Coppa Italia y Conference League. Ah, la Conference. El torneo está en los episodios piloto, como si la productora aún no hubiera dado el ok presupuestario a rodar varias temporadas. Así que nadie sabe cómo comportarse ni cuánto alegrarse. Por si acaso, West Ham y Fiorentina celebrarán con genuino entusiasmo una victoria como bien hizo la Roma el curso pasado. Tocar metal nunca pasa de moda.

 

En suelo italiano se organizan más fashion weeks que mercadillos solidarios, así que del 31 de mayo al 10 de junio se aceptará con naturalidad la etiqueta de equipo, liga y país de moda. El no favoritismo se recibirá con los brazos abiertos. En un lugar acostumbrado a lo extraordinario, la normalidad es una estrategia

 

No me gusta comparar ligas. Por infinidad de motivos. Por ejemplo, me cansa el ventajismo dialéctico que caracteriza el análisis —a posteriori, faltaría más— de un cruce europeo. Es curioso cómo siempre se destaca que “el séptimo clasificado de mi liga elimina al líder de la de enfrente”. Nunca a la inversa. El relato futbolero es más infantil que nunca, comida rápida informativa para seguir con el adictivo scroll down y no pensar demasiado. En la universidad me enseñaron que los idiomas no son hojas de cálculo con celdas equivalentes. Mañana es domani y mattina, tomorrow y morning, demain y matin. Las lenguas no tienen los mismos cajones, creo que dijo el profesor. Así imagino las competiciones nacionales, con sus matices clasificatorios, sus acepciones coyunturales y algún sinónimo interliguero fruto de la casualidad. Bastante tiene el Napoli con ser el Napoli como para ser el Barça, el PSG, el Feyenoord o el Manchester City.

El big data sonríe. Parece un anuncio de Colgate. Tres de cada seis finalistas europeos hablan la lengua de Dante. Resulta casi irresistible pensar, decir, teclear que la Serie A está de moda. Y sin embargo, no es así. Los equipos italianos no se preocupan lo más mínimo por jugar a la moda. Italia no está de moda. Nada lo está en un lugar del mundo que no lee el libro de estilo. Lo escribe.

 


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Fotografía de Getty Images.

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